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El Triángulo Dorado de la #SantaMuerte, blanca #NiñaBonita @JornadaSemanal #Mexico

De Fabrizio Lorusso: Jornada Semanal del 01/11/2015 – Foto: Marco Peláez/ La Jornada

Ayer, 31 de octubre, se cumplieron 14 años de su primer altar en Tepito.
Su culto se extiende más allá de Ciudad de México, a Estados Unidos
e incluso Europa.

La Santísima Muerte no puede dormir. La sempiterna luz del día la alcanza de un paralelo al otro del globo. El sepulcro cubre la totalidad, es la arena de la playa y el fondo del mar, el polvo del desierto y la pólvora de las guerras, el esmog de la ciudad y las estrellas pulverizadas en las cumbres de las montañas.

Las noches de oscuridad y tiniebla complacen a la Niña Blanca mientras la Tierra gira, mareada en su gravitación, y la Vida, con su hermana Muerte, cumple su ciclo. Para la Señora no hay descansos ni vísperas, sólo vagabundeos y raptos segadores. No existe un antes, ni un después, nada más un instante final, repetido durante una eternidad inexplicable.

La entronización de la Muerte santificada como icono popular mexicano se dio primero a escondidas, en los hogares del México profundo, luego la Flaca salió de la clandestinidad. Se tornó viral, 2.0, nacional, mundial, mística, mediática, cabrona, social, plastificada, divinizada, ensalzada y temida a la vez.

Eso sucedió después de que, en agosto de 2001, doña Enriqueta Romero expusiera en su morada, en el barrio de Tepito, una enorme estatua de la Santa descarnada: un acto obligado, ya que no había espacio para guardarla en las angostas habitaciones de su hogar, y revolucionario, pues cambió la historia del culto a la que llaman Bonita. El altar de Alfarería 12 ya no era privado sino público. Cada mes se empezó a rezar un rosario ad hoc para la Santísima, y el altar de Alfarería ganó fama mundial por ser el más visitado y apreciado por devotos, curiosos, periodistas, académicos, vecinos, nacionales y extranjeros. El 31 de octubre cumple catorce años.

La Santa Muerte Peregrina recorre las calles del centro de Ciudad de México, 12 de enero de 2008. Foto: Yazmín Ortega Cortés/ La Jornada

Fue durante unos meses, tras siglos de secreto añejamiento, que la devoción se tornó explosiva, incomprendida, turbulenta y millonaria. No porque haya millones de dólares en torno a ella, sino porque hoy millones le encomiendan sus suertes, vaivenes y pareceres.

Tepito, Morelos, la Merced, pasando por la Candelaria de los Patos, son paradas del Metro que diseñan una suerte de “Triángulo Dorado de la Santa Muerte”. Líneas imaginarias y efigies muy veneradas nos acechan entre el mercado de Sonora, la calle de Bravo, la iglesia de la Soledad con su turbulenta plaza, Ferrocarril de Cintura, Alarcón y el nicho de Alfarería. Barrios apodados “bravos”, constelados de aparadores y vitrinas en donde la Hermana Blanca se antoja bonita.

Áreas urbanas densísimas, misteriosas, evitables y recónditas para la mayoría de los chilangos, y aún más para los foráneos. “No vayas allá”, recomiendan, como si hablaran del inframundo, el reino de Mictlantecuhtli y Mictecíhuatl que hoy rige su descendiente huesuda con guadaña y sayal.

México y Tepito tienen las vocales emparedadas, suenan y vibran parejo, aunque pocos se sintonizan en sus frecuencias al mismo tiempo. La gente considera Tepiscomo un enclave de rarezas y torpezas, mientras que México sería otra cosa. En cambio, el emparedado de las sílabas de un barrio defeño y del país entero mucho comparten: los ingredientes y contrastes de la tradición olvidada y de la ultramodernidad neoliberal, el pasado artesano y la globalización, la alegría en la danza y la comida junto a la precariedad como estilo de vida y de muerte. Son frontera y tierra adentro a la vez.

Preguntas una dirección. “Vete de Manuel Doblado a Paraguay”, contesta elhomo tepitecus. Así bautizó el cronista Alfonso Hernández al “tepiteño”. Buscando una ruta entre altares callejeros, el albur te lleva al destino si es que agarras la onda. A la muerte domesticada la celebran por el día de muertos: lindo atractivo turístico y tradición cultural orgullosa. En cambio, la Muerte Santa, que la Iglesia combate con exorcismos, trabaja todo el año y no se deja cooptar. La Guadalupe es virgen y hace milagros; la Santa Muerte hace paros, amarres y chingados favores. Guardianas y matriarcas la cuidan, mientras que curas y patriarcas resguardan a la Virgen y a la Iglesia.

Relegadas en los rincones perdidos de la capital, las calles hormigueantes al Oriente del Zócalo, más allá de los confines turísticos, se entrelazan en tejidos vivos e incontrolables. Sus vibras infunden calor, tensión, tristeza y asombro al transeúnte de las entrañas del corazón pulsante y no remodelado del DeFe.

Los ventrículos de este centro no comercial sangran. Se infartan a diario, tienen taquicardia y se embeben de aceites y gases de la urbe: en otras palabras, son un desmadre. Prostitución callejera y tequila desde la mañana, ruidos de mil especies, jungla de hoteles y olores clandestinos, raperos de las barriadas, busesbaratísimos para donde sea, informalidad y piratería abarcadoras, diablitos corredores, maleantes, sobrevivientes, chambeadores, vividores, artesanos, cocineros: todo puebla los riesgos y los trances de callejones y calzadas.

En Eje 1 Norte “Albañiles” con Eje 1 Oriente “Av. del Trabajo”, a la Santa la pusieron roja con cigarrillos; en la Peralvillo la vistieron oscura, pasen a ver. Antes del mercado de la Merced, por General Anaya, está de novia. Entre Alhóndiga y Jesús María campea sobre la mesa todo el día, retando a un San Juditas que nadie pela. No se hacen rituales aquí, sólo hay dones, promesas y persignaciones, mientras que en el pasillo esotérico del mercado de Sonora todo trabajo es posible.

Allí se vende y se mira de cualquier color y versión: transfigurada en la Orisha Yemayá o embarazada (¿de quién?), sentada en el trono o de pie, con su fiel búho, de siete potencias o tipo quinceañera. Saliendo del Metro Candelaria, de San Ciprián a Circunvalación por Corregidora, aparece un bulto grisáceo lanoso entre escombros y desechos sobre la banqueta. A un lado juegan los niños, un retazo de jardín robado al camellón. Me acerco a la basura, el bulto se manifiesta: una oveja. No, es pequeño: un cordero sacrificial, lo decapitaron, sonoramente. Mi mirada tropieza en su cadáver por un instante, luego busca el camino a la Merced. Los brujos han de estar cerca, me guían.

Los alcances de la Niña Blanca

Sin indagar el acontecer de estos arrabales capitalinos, en el epicentro del “Triángulo de la Santa Muerte” es difícil comprender la esencia, las contradicciones, las dinámicas originarias y actuales de esta devoción. Los primeros tres espacios devocionales de la historia contemporánea del culto surgieron aquí, uno al lado de otro. Primero se hizo público el altar de Alfarería 12 de doña Queta. Luego, en pocos meses se popularizaron el oratorio de Santa (Muerte) Esperanza de doña Blanca, en Alarcón 38 esquina con Ferrocarril de Cintura, y el Santuario Nacional de la Santa Muerte o ISCAT Mex-USA (Iglesia Santa Católica Apostólica Tradicional México-EU).

Esta asociación religiosa, que tuvo registro de Gobernación entre 2003 y 2005, fue fundada por el padre David Romo, personaje controvertido que quiso institucionalizar el culto, ordenar diáconos, sembrar altares y grupos “asociados” para crear una Iglesia y una religión, pero cayó preso en 2011, condenado a sesenta y seis años de prisión por delitos graves. Su presencia mediática, reforzada por iniciativas y declaraciones sensacionalistas, ofuscó la naturaleza masiva y popular, espontánea y horizontal de la fe en la Santísima que, en cambio, fue estigmatizada por los medios y la opinión pública, asociada simplonamente a la delincuencia y los bajos fondos.

Mediante innovaciones e imitaciones, rivalidades y sincretismos, en ciertas colonias se forjó y creció el culto público a la Santísima, según lógicas de competencia y de cooperación al mismo tiempo, entre barrios y altares con identidades propias. Los enfoques y los objetivos eran distintos entre los primeros personajes que, al inicio de este milenio, animaron la devoción, escribieron los rosarios a la Flaca, oficiaron ceremonias y decoraron altares.

El mítico Alfarería 12 aún es el más popular. El oratorio de Alarcón 38, después de una fracasada relación con la ISCAT, tomó su propio camino. Un día unos rateros robaron allí todas las ofrendas preciosas de Santa Esperanza. Su guardiana, doña Blanca, dijo que se habían llevado todos los dolores de la gente; mejor así. El Santuario de Romo, con él en prisión, lo maneja el padre Juan Carlos; oficia cuatro misas al día, aunque poco habla de la Niña Blanca y mucho de los problemas económicos del templo. Los modelos rituales, las aventuras mediáticas y los inventos devocionales que marcaron la historia de la Santa en el Triángulo Dorado siguen hasta la fecha.

El altar público, el rosario periódico, el oratorio o nicho semipúblico, las Santas peregrinas, las misas o ceremonias sincréticas, mezcla de santería, espiritualismo oriental, catolicismo y ocultismo, siguen. La siembra de altares, devocionarios y revistas, los grupos reales y en la red, los eventos masivos, peregrinaciones o marchas, y el comercio al menudeo de productos para santamuertistas, son fenómenos que se consolidaron en el Triángulo, pero llegan por doquier: de Tultitlán, donde está la Santa de veintidós metros de Enriqueta Vargas y del fallecido Comandante Pantera, a Los Ángeles, de Ciudad Juárez, donde oficia la señora Salazar, a Madrid y Nueva York. Santa Muerte Patrona (el libro y el blog y el FaceBook) – Da L’America Latina


La Miracolosa Santa Muerte Messicana sulla Rivista Query

RAI nina

(Segnalo anche qui sul blog Santa Muerte Patrona quest’ottimo articolo tratto dalla rivista query – Pubblicato: 6 luglio 2015 – Postato in: Rivista – Tags: miracoli, paranormale religioso, Santa Muerte)

La miracolosa Santa Muerte messicana – Articolo di Stefano Bigliardi e David Byström, tratto da Query 21 – Un viaggio nel paranormale religioso.

Da più di un decennio l’attenzione degli studiosi di America Latina e di nuovi movimenti religiosi è attratta dalla diffusione della devozione per una santa non canonica che dal Messico si sta estendendo al mondo intero attraverso le comunità di migranti: laSanta Muerte. I fedeli, secondo alcune stime, si conterebbero nell’ordine dei cinque milioni1.

La Santa Muerte è fondamentalmente rappresentata come uno scheletro vestito di una tunica. Partendo da questi due elementi di base si può presentare con gli attributi e gli oggetti più disparati. Anzitutto i colori dell’abito variano e si riferiscono a diversi poteri di cui si sostiene sia dotata; tra gli altri, il nero indica protezione dai pericoli, il verde appoggio nei problemi legali, il giallo aiuto con le questioni di denaro, il rosso intercessione nelle questioni d’amore; e c’è anche una versione policroma, con sette colori, quindi “tuttofare”, con sette poteri. Spessissimo tiene in mano una falce e regge il globo terracqueo, ma è rappresentata anche con una bilancia, accompagnata da un gufo, alata, con una clessidra, con arco e frecce; si conoscono pure versioni in motocicletta, nella posa della Pietà di Michelangelo, e persino incinta.

Camminando per le strade messicane la Santa si può incontrare spesso e in molte forme. Come statua o statuetta collocata in un altare, ma anche come dipinto murale e come tatuaggio o gioiello. I fedeli si riferiscono a lei con numerosissimi appellativi e vezzeggiativi, tra cui la Flaquita (“magrolina”) e la Niña Blanca (“bimba bianca”). Le vengono offerti dolci, frutta, candele votive (in genere riportanti la sua stessa figura, e nei colori corrispondenti ai poteri menzionati), sigarette, sigari, bottiglie di alcolici, che letteralmente si accumulano davanti alle sue immagini. Di lei si dice che sia molto milagrosa, miracolosa. L’atto di tatuarsela è un modo, oltreché di manifestare agli altri la propria fede, di ingraziarsela e ringraziarla.

L’origine di questa devozione è controversa. Per sostenere che si tratta della sopravvivenza di un culto per una divinità precolombiana della morte occorrerebbe dimostrare una continuità, ma la ricostruzione storica si arresta al diciottesimo secolo con l’incerta attestazione dell’adorazione di alcune figure scheletriche. La devozione per laNiña non coincide con la celebrazione del tipico Día de los Muertos messicano, e la sua immagine non deve essere confusa con quella della Calavera Catrina, lo scheletro in abiti femminili con cui l’incisore José Guadalupe Posada (1852-1913) caricaturizzava la borghesia francesizzante dei suoi tempi. La chiesa cattolica la condanna: è un controsenso teologico, sostiene, adorare la morte se Cristo la sconfisse. Ma i fedeli, che spesso vivono la propria fede in questa santa non canonica come integrata a quella cristiana e non opposta ad essa, ribattono che la morte è potentissima perché appunto nemmeno Cristo le poté sfuggire. La devozione per la Santa Muerte non gode di buona stampa. I giornali spesso e volentieri la presentano come legata al crimine e al narcotraffico. Proprio sulla base di questa associazione, come operazione simbolica contro i narcos, ma anche per compiacere la chiesa cattolica (peraltro in crisi in America Latina, in cui vanno invece affermandosi le chiese evangeliche) negli ultimi anni, il governo messicano ha dato ordine all’esercito di distruggere numerosi altari, spesso con il pretesto dell’illegalità della loro costruzione.

Se gli studiosi sono in dubbio e divisi riguardo alle sue origini, sono però sostanzialmente concordi rispetto alla sua funzione sociale. La Niña Blanca non è solo la “santa dei narcos,” i signori della droga che di fatto controllano ampi settori del Paese, ma piuttosto della povera gente, degli abbandonati, degli ultimi, e in generale di chiunque si senta precario e insicuro nella difficilissima società messicana: gli stessi narcos come i poliziotti, ma anche i carcerati, i venditori, le casalinghe, le donne delle pulizie, i disoccupati. Ovviamente nulla esclude che pure una celebrità del mondo dello spettacolo o comunque una persona facoltosa e di successo senta di essere in qualche modo a rischio e le si voti. In fondo il concetto di precarietà è soggettivo, o meglio, data la fragilità della condizione umana, è universale.

La Niña non è affatto una figura a cui si chiede la morte di qualcuno ma piuttosto protezione, o un favore, un’intercessione che si avrebbe pudore a chiedere a un santo cattolico ufficiale, come il ritorno di una persona amata. L’idea di base è che la morte equivale alla giustizia assoluta perché non fa distinzioni sociali. La morte personificata e santificata ha il potere di evitare o rimandare la tua morte specifica, o, se proprio è suonata la tua ora, ti concede di andartene in modo indolore, rapido, senza terrore.

Tra gli esperti più noti della Santa vi è lo statunitense Andrew Chesnut, autore di un libro pubblicato originariamente in inglese e con una casa editrice prestigiosa. Tuttavia questo studio è più famoso che profondo, e occorre non ignorare la copiosa produzione di saggi accademici in spagnolo, soprattutto di taglio sociologico ed etnografico; la prima monografia di ampio respiro e documentata sia negli archivi sia sul campo si deve alla messicana Katia Perdigón Castañeda. Infine, chi legge l’italiano ha il privilegio di poter accedere all’agile e ben documentato libro di uno studioso e giornalista, Fabrizio Lorusso, profondo conoscitore del Messico, in cui vive e lavora da più di tredici anni2.

La devozione ancora non è strutturata né tantomeno ha una teologia ufficiale, pur abbondando i libri devozionali e di ritualistica (così come un ricco merchandising che va dalle candele alle statuette passando per cosmetici e gioielli). Si può piuttosto descrivere come “raggrumata” attorno a numerosissimi altari, il primo dei quali ad acquisire una grande visibilità fu quello di Tepito, noto quartiere popolare (e malfamato) di Città del Messico, dove una devota, Enriqueta Romero Romero, nel 2000 decise di esporre una statua della Niña fuori dalla sua abitazione e la vide ben presto omaggiata da stuoli di altri fedeli. Un decennio più tradi, un tentativo di istituzionalizzazione a cui la stampa diede un certo risalto fu quello del controverso David Romo, sedicente ex dipendente dell’aviazione messicana il quale, autonominatosi “arcivescovo” e cercato il riconoscimento ufficiale da parte dello Stato (riconoscimento accordato e poi ritirato in base a un cavillo legale), cercò soprattutto di raccogliere fondi per la costruzione di un megasantuario di quella che aveva battezzato Chiesa Santa Cattolica Apostolica Tradizionale Messico-USA. Le sue ambizioni crollarono definitivamente nel 2012, quando fu incarcerato per rapina, sequestro ed estorsione. È degno di nota che, a dispetto del richiamo alla “tradizione” evocato dal nome, Romo, ovviamente a caccia di visibilità e di denari, ma anche sfruttando l’associazione dellaSanta con chiunque sia discriminato, avesse manifestato con molta enfasi l’apertura della ISCAT Mex-USA (così l’acronimo spagnolo) alle coppie dello stesso sesso, che peraltro già godono del diritto di sposarsi e adottare almeno nella capitale del Messico.

Un altro dei centri di devozione più noti alle cronache è il Tempio della Santa Muerte Internazionale, situato a Tultitlán, nello Stato del Messico. Il Messico, come forse non tutti sanno, è una repubblica federale; lo Stato omonimo si trova un poco più a sud del suo centro e ne abbraccia a nord est e ovest la capitale, Città del Messico, il cui smisurato territorio ha lo status di distretto federale (a sud l’enorme urbe confina invece con lo Stato di Morelos). Il Tempio fu fondato da un personaggio molto controverso, il Comandante Pantera o Padrino Endoque, che su un terreno regalatogli da una fedele fece erigere una statua3 della Santa Muerte alta 22 metri; in quel luogo, battezzato Tempio della Santa Muerte Internazionale, il Pantera, noto anche per il suo amore per auto, abiti, e ristoranti di lusso, conduceva regolarmente cerimoniali di preghiera appunto alla Santa. Il Comandante, che di nome faceva Jonathan Legaria Vargas, inaugurò il Tempio il 28 dicembre del 2007. Il 31 luglio del 2008, uscendo dalla stazione radio presso cui conduceva un programma dedicato alla Niña Blanca, fu assassinato, crivellato di colpi nella sua auto. Aveva ventisei anni. Da allora la madre, Enriqueta Vargas Ortiz, ha assunto il suo ruolo nel Tempio.

Ho incontrato la Santa Muerte per la prima volta sotto forma di mural nel mio quartiere nei primi mesi della mia vita in Messico, in cui mi sono trasferito per lavoro nel novembre 2013, ed ho immediatamente cercato di saperne di più, attraverso letture, domande ad amici e conoscenti messicani appartenenti a diverse classi sociali, e soprattutto visite a luoghi della Santa. Già il primo maggio 2014 ho assistito ad un affollatissimo rosario celebrato presso l’altare di Tepito, scambiando qualche parola con Doña Enriqueta, la sua famosa custode (ogni definizione in termini di “sacerdotessa” o simili è fuorviante e non corrisponde né alla sua funzione di fatto né al modo in cui si propone ai fedeli: è semplicemente una fedele tra i tanti, che per prima decise di esporre la sua effigie sulla strada).
Ho visitato il Tempio di Tultitlán domenica 25 gennaio 2015, in compagnia di un altro appassionato al tema, lo svedese David Byström (sua la documentazione fotografica in queste pagine) e del già menzionato Fabrizio Lorusso. Ero deciso soprattutto a indagare che tipo di miracoli vengono attribuiti alla Niña Blanca, anche attraverso una conversazione con la Madrina più serrata e strutturata di quella avuta mesi prima con la custode di Tepito sua omonima.

Tultitlán si può raggiungere dalla capitale con un modernissimo treno metropolitano. Nel giro di mezz’ora di viaggio si ha l’impressione che il paesaggio cambi. Gli edifici sono più bassi di quelli di Città del Messico, le strade meno affollate, i taxi sono di una compagnia non operante nella capitale. Il Tempio, che in realtà è un piccolo complesso, si affaccia su una grande strada raggiungibile dalla stazione con pochi minuti di taxi.

../new/images/a/v/santa_muerte03.jpgQuando arriviamo il cancello principale è ancora chiuso e si accede al cortile interno attraverso un negozio in cui si vendono statuette e immagini della Santa ma anche del Comandante Pantera. Annessa al negozio è una stanza con varie statue sempre della Santa provviste di inginocchiatoi. Notiamo che sulle loro vesti sono appuntate con degli spilli diverse fotografie, probabilmente di fedeli miracolati. Nel cortile interno spicca l’enorme immagine nera a braccia spalancate. A dire il vero ha un che di artigianale e naif più che di macabro, al mio occhio è più ingombrante che imponente, o meglio le dimensioni del cortile non consentono di allontanarsi tanto da poterla ammirare interamente così che, più che svettare, incombe. Più tardi ascolteremo che volge il volto a oriente per riempirsi di “buone vibrazioni e armonia,” e la Madrina ci racconterà che l’ha fatta pitturare di nero dopo la morte del figlio (in precedenza era bianca). Ai piedi dell’effigie nera un’edicola dorata: una targa informa che ospita l’altare privato del Comandante; ne scorgeremo l’interno solo poco prima di iniziare la cerimonia, quando una delle addette al Tempio ne scosterà le tende interne. Davanti all’edicola si accumulano le offerte. Prima del rituale viene collocata al suo fianco anche una statua del Comandante, in precedenza ospitata nel negozio, che spicca per i suoi occhi verdi piuttosto realistici4.

Di fronte all’immagine gigantesca e all’altare sono collocati dei tavoli e, dietro di essi, file di sedie di plastica, su cui si accomoderanno i fedeli, sotto una tettoia. A sinistra della statua, per chi la guarda di fronte, si trovano diverse edicole, anch’esse piuttosto artigianali, ciascuna ospitante una o più statue della Santa stessa, che si suppongono dotate di diversi poteri, come già sappiamo, a seconda del colore delle vesti. Le visitiamo con una giovane donna piuttosto corpulenta che ci fa da guida. È lei ad informarci di una delle peculiarità dei riti del Tempio di Tultitlán. Uno dei piccoli edifici è pieno di statue ed immagini danneggiate della Santa. Il Comandante credeva che la rottura di una statuetta o comunque di un monile della Santa segnalasse un pericolo imminente da lei “assorbito” in tutto o in parte. In tal caso si prescrive quindi di portare l’effigie in questione al Tempio e collocarla in tale spazio, detto “cimitero delle Santas Muertes,” dove rimane a “scaricarsi” per un po’ dell’”energia negativa” per poi venir sepolta sotto il tempietto stesso con un apposito cerimoniale.

Gironzolando ancora un po’ osservo i coloratissimi murales che decorano l’edificio d’ingresso, in cui si cerca di creare una continuità iconografica tra il culto della Santa e le tradizioni religiose precolombiane. Questa filiazione, come ho già spiegato, è lungi dall’essere stata dimostrata scientificamente, ma spesso i fedeli hanno un certo zelo nel menzionarla, alla ricerca forse di una narrazione storica forte, nazionale, “nobilitante” (e forse anche influenzati dagli stessi studiosi che li incalzano con le loro domande). La Madrina è rappresentata in veste di sacerdotessa, e la morte come una divinità maya o azteca. Riesco anche, non visto, ad aprire una porticina sul retro della statua colossale e a dare una furtiva occhiata all’interno, cavo ma con impalcature, e apparentemente adibito a ripostiglio. Mi pare di sentirci anche il fruscio di qualche volatile.

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La cerimonia comincia con un po’ di anticipo. In sottofondo si sentono da vari minuti canzoni dedicate alla Santa e al Comandante. Più tardi verrò a sapere che le parole sono state scritte dalla madre stessa di Legaria. Noi ci siamo già accomodati sulle sedie di plastica. La Madrina arriva accompagnata da un capannello di fedeli e di assistenti, uno dei quali indossa persino una maglietta ufficiale con la dicitura Tempio della Santa Muerte Internazionale; è una donna di non alta statura, snella, i capelli lunghi e tinti di biondo, gli zigomi apparentemente rifatti, vestita in modo giovanile con abiti aderenti. Come ci racconterà più tardi è la proprietaria di un bar-karaoke; fin dall’inizio mi sembra più una “scaldapubblico,” un’animatrice, che una sacerdotessa, e c’è un filo di istrionismo, ma anche di autoironia, nel suo modo di fare. Le persone sono più di un centinaio (conto approssimativamente le sedie, e molti fedeli sono in piedi), e sono, a giudicare dall’aspetto, di classe bassa o molto bassa. C’è anche un giovane uomo visibilmente alcolizzato, dagli abiti e dal viso luridi e sciupati, che estrae una bottiglia da un consunto e sporco zainetto. Prima dell’inizio ho visto almeno due fedeli avvicinarsi agli altari sulle ginocchia, una consuetudine che mi era nota già dai tempi della visita a Tepito. Numerosissimi i tatuaggi dedicati alla Santa. Molti fedeli portano le proprie statuette o i propri monili affinché siano benedetti (lo fanno anche per conto di altre persone che non possono essere presenti) e tali oggetti sono collocati sui lunghi tavoli di fronte alle sedie.

All’inizio della cerimonia la señora Enriqueta chiede chi sia lì per la prima volta e così ci presentiamo al microfono. Essendo gli unici stranieri riceviamo un caloroso benvenuto, siamo invitati ad interagire tanto con la Madrinaquanto con i fedeli al termine della cerimonia, e anzi alcuni già si avvicinano e alzano le magliette per mostrarci i tatuaggi. È evidente che questa comunità sa già molto bene come comportarsi con studiosi e visitatori esterni, ma non mi illudevo certo che saremmo stati i primi. Finalmente comincia il rituale, anche se l’inizio suona più come una illustrazione del culto5 a nostro uso e consumo, in cui Enriqueta soprattutto insiste sulla sua diffusione mondiale. La Madrina sottolinea anche che “qui non ci sono poliziotti o militari o delinquenti [sic] ma solohermanos, fratelli!” ed esorta tutti a scoprirsi il viso. Poi si entra nel vivo e la Santa viene “destata” battendo su un tamburo, soffiando in una conchiglia, facendo scrosciare un “albero della pioggia” e applaudendo. Seguono invocazioni (la Madrina grida, la folla ripete), padrenostri, esortazioni, benedizioni, il tutto guidato da Enriqueta con un microfono mentre legge da un “breviario” sostenuto da un leggio di legno pitturato d’oro con vernice spray. Alle sue indicazioni i fedeli si alzano, si risiedono, si inginocchiano, alzano le mani al cielo, le portano al petto, chiudono gli occhi, si rialzano, si stringono vicendevolmente la mano in segno di pace come nelle ordinarie messe cattoliche. La Santa Muerte viene evocata, esaltata, supplicata. Il Comandante viene evocato ed invocato come intercessore rispetto alla Santa. Enriqueta termina con una esortazione a non arrendersi, a rialzarsi, ad “aiutarla [la Santa] ad aiutarci” e invita a godersi la vita proprio perché non si sa quando giungerà la morte. Assicura, con la solita ironia, che la sua benedizione durerà “almeno una settimanina”, giusto il tempo di rivedersi.

Al termine della cerimonia chi vuole si mette in fila e si fa benedire ulteriormente, lasciandosi aspergere di acqua benedetta e mettere una mano sulla testa da Enriqueta che mormora una rapida invocazione. Alcuni si fanno benedire direttamente il portafoglio. Io e David partecipiamo a tutto il rituale inclusa quest’ultima parte, anche se io a tratti prendo appunti e non ci mettiamo in ginocchio. Ai fedeli è offerto anche del cibo gratis, e su indicazione della stessa Enriqueta riceviamo un bicchiere di Coca Cola e un piatto di polistirolo con un po’ di pollo e riso.

Enriqueta benedice alcune automobili parcheggiate davanti al Tempio poi ci riceve al primo piano dell’edificio che ospita il negozio, dove la intervistiamo per più di un’ora. Parla con la sicurezza e la rapidità di chi ha ripetuto gli stessi concetti molte volte, alcune parti sembrano quasi apprese a memoria. Veniamo a sapere che suo figlio Jonathan oltre ad essere guida del Tempio aveva un’officina meccanica per la revisione delle automobili, ma anche dei ristoranti e altri non meglio specificati “commerci” o “affari” (negocios), che il suo soprannome “Pantera” era dovuto a un grosso tatuaggio sul braccio sinistro, che era anche un biker, e che il nome “Endoque” designava un grado della santería, una forma di religione sincretica tipica dei Caraibi e dell’America Latina, cui apparteneva (in effetti quella della derivazione dalla santería, o di una graduale commistione con essa, è un’altra delle ipotesi sull’origine della Santa Muerte). La Madrina ci descrive Jonathan come una figura ineguagliabile, indomabile, integra, intelligentissima, già in grado di leggere a otto mesi, e sottolinea che il figlio non era un delinquente legato al narcotraffico ma è stato ucciso da un poliziotto. Uno dei tratti in cui si manifestava la devozione di Jonathan già da bambino era il suo rifiuto per le effigi di Gesù crocifisso: lo staccava sempre dalla croce per non vederlo soffrire (“Lo faceva con un affetto che non ti immagini”). Narra Enriqueta di avere giurato alla Santa che se le avesse consegnato il colpevole6 lei avrebbe dedicato la sua vita ad espandere il culto, e così è stato. Racconta anche che la sua fede nella Santa si è sviluppata dopo l’assassinio del figlio, in precedenza non lo comprendeva e se ne pente molto. Sostiene che anche lei è stata fatta oggetto di diversi attentati, falliti per intercessione dellaSanta e del figlio, sia con armi da fuoco sia con il veleno (“A proposito, volete un biscottino al limone? Non so bene chi me li ha portati”. Li accettiamo e li sbocconcelliamo di mala voglia).

Enriqueta ha parole di apprezzamento per la custode dell’altare di Tepito sua omonima, ma critica duramente David Romo (che voleva, sostiene, “mettere al posto dell’immagine della Santa quella di sua moglie” da cui l’indignazione del Pantera), così come ha parole aspre anche per la chiesa cattolica: lei continua a credere in Dio, precisa, ma non nei preti, e non ha più “la mente chiusa dei cattolici”. È ancora arrabbiata per la morte del figlio, tanto con i colpevoli quanto con Dio. La Madrina ha gli occhi lucidi, a tratti è monologante ed elude le domande, ma anche spiritosa (“La stampa mi calunnia. L’altro giorno hanno scritto che benedico le pistole per trecentopesos. Balle! Le benedico gratis! – Scherzo”). È orgogliosa della sua famiglia, il marito è avvocato, una figlia è laureata in diritto e specializzata in balistica, un’altra è laureata in pedagogia. Ci racconta anche di molti problemi di salute che tuttora la tormentano. Come durante la cerimonia pubblica ci tiene molto ad accentuare l’internazionalizzazione crescente del culto, il senso di fratellanza che vi si esperisce, e l’estraneità alla delinquenza.

Ma insomma, se è molto miracolosa, che tipo di prodigi compie la Santa Muerte? La Madrina ne ha parlato durante la cerimonia, e cerco di indurla ad approfondire il tema anche durante il nostro colloquio. Anzitutto, sostiene, protegge i suoi fedeli dalle minacce fisiche. Questo tipo di protezione può consistere ad esempio nel mandare a monte un attentato, ma a volte un avvenimento come questo più che da un intervento della Santaderiva da un fatto sociale, sottolinea la Madrina, ossia che i fedeli si rispettano tra loro e si proteggono: “cane non morde cane”, “se qualcuno prova ad attentare contro un figlio della Santa Muerte o lo arrestano o lo ammazzano”. Già la ragazza che ci aveva fatto da guida al nostro arrivo aveva attribuito alla Santa Muerte il fatto di essere scampata a una sparatoria, e la Madrina ci racconta episodi simili, riferiti tanto a sé quanto al figlio. La Santavestita di rosso aiuta invece a trovare o ritrovare coniugi e amanti, come già sappiamo. Ma in generale i miracoli che compie sono guarigioni da malattie credute incurabili, o la salvezza da sinistri e infortuni; la Madrina ci ripete l’esempio, già da lei menzionato all’inizio della cerimonia, di un incidente di autobus in cui tutti i passeggeri periscono ma un fedele della Niña si salva, o di una rapina ad un autobus in cui tutti vengono derubati ma non un fedele7.

Tanto dal sopralluogo a Tultitlán quanto dagli scritti di altri ricercatori si evincono alcune caratteristiche salienti del tipo di interventi nelle vicende umane che vengono attribuiti alla Santa scheletrica. Anzitutto manca una narrazione principale e fondante, come si ha invece nelle devozioni popolari di Medjugorje o di Fatima (o, per restare in Messico, della Vergine di Guadalupe8. La Niña Blanca è una santa senza agiografia. In altre parole, non è legata a una storia specifica, non è apparsa per la prima volta a qualcuno in un luogo in particolare e in un dato giorno, né compie un miracolo ripetuto e circostanziato (come la presunta liquefazione del sangue di San Gennaro o la “pulsazione del sole” e le apparizioni di Medjugorje appunto). Inoltre i miracoli che le vengono richiesti e attribuiti presentano quello che definirei un basso tasso di soprannaturalità: si tratta di eventi mondani come il successo negli affari, trovare lavoro, mantenere quello che si ha, o il ritorno di una persona amata. Nel caso in cui tali avvenimenti si siano effettivamente realizzati è il fedele che vi sovrappone l’idea di una interecessione della ossuta protettrice, ma gli avvenimenti di per sé possono ben essere creduti da chi abbia una mente scientifica e scettica. Anche i casi in cui i fedeli sostengono di essere guariti o scampati alle pallottole di per sé possono rientrare nel raro senza necessariamente sforare nel soprannaturale. I favori di questo tipo, nello spagnolo messicano (e in particolare nel gergo dei quartieri popolari), sono detti paros, singolare paro, dal verboparar, che significa fermare o arrestare; ma il termine si trova anche nell’espressione paro cardíaco, arresto cardiaco, il che ancora una volta sottolinea la profonda ambiguità della figura della morte, che può arrestare tanto un problema quanto il corso della vita tout court.

È importante poi sottolineare che le guarigioni sono piuttosto l’oggetto di testimonianze, racconti individuali e spontanei da parte dei partecipanti alla cerimonia, piuttosto che di ostensioni o esibizioni durante la cerimonia stessa. La Madrina non fa promesse specifiche e non guarisce “in diretta” né (come ha anche sostenuto in risposta a una nostra domanda esplicita) si presenta come dotata di poteri particolari. Le benedizioni individuali al termine della cerimonia ci sono sembrate più un momento di spiritualità a tu per tu con la Madrina che un rituale terapeutico.

Un altro punto che è importante toccare sono le presunte apparizioni della Niña Blanca. Finora non si sono dati episodi di visioni collettive, come nel caso delle presunte manifestazioni mariane note a chi conosce un po’ la devozione popolare cattolica. Quando i fedeli sostengono di avere visto la loro protettrice, si tratta generalmente di episodi individuali e spessissimo appartenenti alla sfera onirica. La stessa Enriqueta ci ha raccontato di un suo sogno, o visione avuta durante un momento di preghiera molto intensa nel quale la Santa le sarebbe apparsa con l’aspetto di un uomo di cui solo metà del volto era visibile, spiegandole di essere stata costretta da Dio, controvoglia, a prendere suo figlio. Nello stesso sogno le sarebbe apparso anche un arcangelo impegnato in una lotta contro i demoni.

Un altro tipo di presunta manifestazione della Santa cara ai fedeli è quella nei giochi di luce di una fotografia, nel fumo, nelle conformazioni di macchie di varia natura (un po’ come nel caso dei volti di Gesù che apparirebbero sul pane tostato e sui muri, celebri soprattutto negli Stati Uniti). A questo tipo di apparizioni è dedicato un certo spazio in diversi numeri di una rivista, Devoción a la Santa Muerte, in mio possesso (e non più pubblicata). Anche in questi casi sembra che si registri il basso tasso di soprannaturalità prima menzionato: i sogni sono, dopo tutto, esperienze private e naturali, e una macchia di qualunque tipo può ben essere percepita come somigliante alla figura della Santa Muerte senza necessariamente credere nella sua esistenza come entità soprannaturale.

Riassumendo e intepretando. Gli studiosi di religioni sanno bene come queste abbiano la capacità di cambiare in modo sorprendente, quanto a credenze, riti e strutture, spesso senza che chi le vive dall’interno se ne renda direttamente conto o lo ammetta. Nel caso della Santa Muerte stiamo assistendo al momento aurorale di una devozione che ancora cresce dal basso e si diffonde orizzontalmente, senza una gerarchia centralizzante o una teologia ufficiale. Non si esclude che queste ad un certo momento si affermino. Per il momento, “guide” come il Pantera o sua madre, attorno a cui si creano raggruppamenti locali di fedeli, si propongono più come figure di predicatori carismatici e punti di riferimento spirituali che come guaritori o maghi. Esiste sicuramente un effetto di induzione reciproca alla credenza (ovvero, la guida ripete in continuazione quanto la Santa sia miracolosa e i fedeli finiscono per vederne la manifestazione in qualche fatto personale) ma sono ancora i fedeli a “portare i miracoli al tempio” più che il contrario.

Indubbiamente già in un contesto relativamente piccolo come il Tempio di Tultitlán si è creata attraverso una credenza religiosa una microstruttura di potere, e un certo interesse economico non è assente (a partire dalle vendite del negozietto, alle cui entrate anche noi ricercatori abbiamo contribuito con vari acquisti). Non neghiamo, ovviamente, che la figura della Santa di per sé sia soprannaturale. Sulla questione della vera natura dei commerci e dei contatti del Pantera, se altri ce n’erano oltre, o sotto, a quelli del Tempio e delle attività menzionate dalla madre, non abbiamo abbastanza elementi per sbilanciarci, e del resto non era nostra intenzione occuparcene direttamente (a rigor di logica, se anche esistessero poteri e fenomeni paranormali, nulla impedirebbe che anche un delinquente ne fosse dotato). Tuttavia è importante sottolineare che nel nostro sopralluogo non abbiamo assistito a nessuna manifestazione quale la promessa e la materializzazione in pubblico di un evento descrivibile come soprannaturale seguite da una retribuzione corrisposta al sacerdote o guaritore. In linea con le osservazioni della maggior parte dei ricercatori che si sono occupati della Santa possiamo attestare che i “miracoli” a lei attribuiti, che rimangono ancora sul piano del racconto e non si traducono in ostensioni, materializzazioni, o comunque esibizioni “a richiesta”, esprimono soprattutto i bisogni, i desideri e le inquietudini delle frange più deboli di una società molto difficile e iniqua.

Enriqueta Vargas Ortiz è sì una consumata predicatrice ma non una guaritrice, ed è, soprattutto, una madre che ha perso il figlio e che per sua stessa ammissione non ne ha superato la morte. Per ora, anche all’occhio dell’indagatore scettico, i miracoli della Santa Muerte sono più da capire empaticamente da un punto di vista umano e sociale che da smascherare.

Note

1) Si tratta della stima indicata anche da Andrew Chesnut (vedere oltre nell’articolo).
2) Si veda la bibliografia in fondo all’articolo.
3) La statua sembrebbe composta di pannelli di cartone montati su una impalcatura in metallo, ricoperti di chapopote, o asfalto, e dipinti.
4) Durante la nostra intervista la madre del Comandante a una precisa domanda ha sostenuto di non ricordare con esattezza chi fosse l’artista che ha concepito la statua, che fosse un lavoro collettivo (“due o tre persone”), e che comunque al figlio si dovesse il progetto principale e la coordinazione. Nel suo libro (si veda la bibliografia) riporta invece che l’autore della gigantesca Santa Muerte e della statua del figlio sono la stessa persona, che però non desidera menzionare.
5) Si noti che “culto”, termine con cui gli esperti di nuove religioni vanno molto cauti in quanto negativamente connotato, è la parola che la Madrina stessa usa, uguale in italiano e spagnolo (occorrerebbe indagare più a fondo su eventuali oscillazioni semantiche e sulla ragione di questa sua scelta lessicale: mi chiedo se anche questo non sia un uso indotto dalle domande degli studiosi o dal lessico giornalistico).
6) Enriqueta non ha mai fatto nomi durante il colloquio ma ha descritto l’assassino come “un elemento di alto rango della polizia, squadra antisequestri”. Con “consegnare” (il verbo da lei usato è lo spagnolo entregar) credo intendesse riferirsi a “svelare l’identità” più che a “consegnare fisicamente”. In un momento successivo dell’intervista la Madrina ha sostenuto che il mandante non fosse stata la chiesa (cattolica – per cui pure ha avuto parole molto dure), che quel “cattivo poliziotto” si fosse sbagliato, e che comunque avesse già ricevuto il suo castigo. Queste affermazioni erano piuttosto confuse. Non ho comunque scavato sull’identità dell’assassino e del mandante perché non era la priorità della mia indagine.
7) Giornalmente, al ritorno dal lavoro prendo di solito due autobus. Chi mi legge può immaginare come mi sia sentito all’ascoltare questi esempi.
8) Presumibilmente avvenuta tra il 9 e il 12 dicembre 1531, su una collina a nord di Città del Messico. La Vergine di Guadalupe è oggetto di una fervente devozione ed è rappresentata con enorme frequenza, come ben sa chi abbia almeno visitato il Messico. Nella mia via conto due altarini, e un terzo si trova nel cortile della casa in cui vivo.
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Riferimenti bibliografici
  • Chesnut, Andrew. 2012. Devoted to Death: Santa Muerte, the Skeleton Saint. New York and Oxford: Oxford University Press.
  • Lorusso, Fabrizio. 2013. Santa Muerte. Patrona dell’umanità. Viterbo: Stampa Alternativa.
  • Perdigón Castañeda, Katia. 2008. La Santa Muerte: protectora de los hombres. Conaculta/Instituto Nacional de Antropología e Historia, Messico.
  • Vargas, Enriqueta. 2011. ¿Quién mató al Comandante Pantera? (Edizione autonoma, Messico).

Culto e potere nel Messico della NarcoGuerra

Santa Muerte Bianco e neroDa  – Di Fabrizio Lorusso – Pubblichiamo un estratto  dal  libro NarcoGuerra. Cronache dal Messico dei Cartelli  della  Droga diFabrizio Lorusso.

Henry Kissinger diceva che il potere è un afrodisiaco. Giulio Andreotti, padrino della politica italiana del XX secolo, soleva ripetere che il potere logora chi non ce l’ha. E ci sono persone che per averlo e mantenerlo affidano il proprio destino a forze occulte. Soprattutto in Messico, dove stregoni, maghi, guaritori, santi proibiti e rituali esoterici sono sempre stati presenti nelle cronache dei famosi e dei potenti, degli impresari, dei politici, delle stelle dello spettacolo o dei miti della televisione e del grande schermo. La tentazione di trovare favori, miracoli, successo e potere attraverso “lavori speciali” e magie affascina un po’ tutti, ma forse di più i politici.

L’ex governatore dello stato meridionale di Oaxaca, Ulises Ruiz, l’ex leader del sindacato nazionale degli insegnanti, Elba Esther Gordillo, che attualmente è reclusa nel penitenziario di Santa Martha Acatitla per malversazione di fondi, e il ministro della Pubblica Sicurezza del governo Calderón (2006-2012), Genaro García Luna, condividevano senza dubbio un interesse spiccato per l’esoterismo e tutte le credenze legate all’occulto. Il giornalista José Gil Olmos, autore in Messico del libro Los brujos del poder (Gli stregoni del potere), ha descritto la passione di Ulises Ruiz per la magia nera, la santeria cubana e il culto alla Santa Muerte: ossa, figure caraibiche, talismani e sacerdoti, sempre al suo seguito in qualità di consiglieri, lo circondano. Durante il conflitto e le proteste a oltranza degli insegnanti nel 2006 a Oaxaca, l’apparato repressivo del cinico governatore lasciò un saldo di 25 morti, decine di feriti, 7 desaparecidos, 500 arresti e 380 casi di tortura.

I flussi di speranzosi pellegrini verso la località di Catemaco, terra di stregoni e fattucchiere nell’atlantico stato di Veracruz, sono costanti e rispecchiano il sottofondo di pensiero magico e misticismo che in terra azteca hanno radici solide e profonde. Vari personaggi famosi, secondo cronache locali, avrebbero preso parte a cerimonie e cercato preziosi consigli politici o economici sulle rive della laguna di Catemaco: da Carlos Salinas, presidente dal 1988 al 1994, all’economista e politico Pedro Aspe, da Cuauhtémoc Cárdenas, ex candidato delle sinistre nel 1988, ad Andrés Manuel López Obrador, candidato progressista alla presidenza nel 2006 e 2012, da Marta Sahagún, moglie dell’ex presidente Fox, al conduttore televisivo Raúl Velasco. Tutti interessati a intercettare le vibrazioni cosmiche quanto i consensi delle masse.

Secondo gli stregoni, la magia nera o bianca è in cima alla classifica delle richieste dei governanti. Anche la figura della Santa Muerte, la Parca scheletrica che in Messico è oggetto di culto e venerazione da parte di milioni di devoti, è utilizzata, insieme ad altri santi popolari e altre icone devozionali, per provare a esaudire sogni di gloria e piani politici. Molti santoni eseguono lavori con la Santissima Muerte, anche se in realtà l’essenza del suo culto è un’altra. Infatti, si tratta di una devozione popolare alla morte che da secoli è praticata in Messico clandestinamente e solo dall’inizio del nuovo millennio s’è diffusa esponenzialmente nonostante l’opposizione della Chiesa.

Oggi i simpatizzanti e i praticanti del culto sono stimati tra i 5 e i 10 milioni in tutto il mondo, e, in effetti, non sono molti i punti di contatto con la stregoneria e la magia. Queste sono pratiche, non culti, e si utilizzano per modificare la realtà esterna, per ottenere effetti desiderati attraverso evocazioni, rituali, formule e con la forza di volontà. La Santa Muerte s’identifica con una divinità o ente, la morte, raffigurata dall’immagine medievale scarnificata che portarono gli spagnoli e le congregazioni cattoliche in America durante la conquista. La spada e la croce. E la Muerte. La Grande Falciatrice ossuta con la roncola e il mondo tra le mani assomiglia alle famose Catrinas del disegnatore messicano José Guadalupe Posadas, ma in realtà è un’altra cosa. Nella sua versione santificata la chiamano Niña Blanca, Bonita o Flaquita.

Lo studioso di religioni Stefano Bigliardi,specializzato nel concetto di miracolo, ha approfondito in Messico la conoscenza del culto della Santissima Muerte e ha sottolineato la differenza tra la categoria dei milagros, cioè eventi di tipo sovrannaturale e straordinario, e quella dei paros, più adatta a descrivere il tipo di favori che concede la Santa Muerte, a detta dei devoti. La Niña Blanca “fa i paros”, ovvero protegge, blocca la mala-vibra e la sfortuna, ti aiuta a trovare lavoro, salute, amore e denaro, a non essere rapinato, a eludere una fine violenta, a sconfiggere i tuoi nemici e a scansare i pericoli e le incertezze. Insomma, paro è un termine colloquiale messicano, riferibile anche all’infarto, cioè al paro cardiaco, ed è una voce del verbo parar che significa “fermare”, per cui la Santa evita, para o ferma il verificarsi di situazioni pericolose e attacchi contro i suoi accoliti, più che manifestarsi al di fuori delle leggi della natura.

Il cantante popolare messicano Beto Quintanilla, el mero león del corrido,cioè il leone del genere musicale dei corridos, diceva nella sua canzone dedicata alla magrolina o Flaquita:

Sono già in milioni a pregare per Lei, la Chiesa comincia a tremare/ apertamente ormai ci sono preti che la iniziano ad adorare/ mafiosi e uomini della legge se la cominciano a tatuare/ anche politici e dirigenti le fanno l’altare.

In fondo i corridos raccontano la realtà, i bassifondi e la cultura popolare meglio di qualunque altra espressione artistica o giornalistica, e il potere, a volte, unisce il sacro e il profano,lo spirito e la carne.

Ogni culto ha degli aspetti exoterici, esteriori, ma anche esoterici, cioè occulti e misteriosi. Sono exoterici i rosari per la strada dedicati alla Niña Blanca o la venerazione aperta del popolo per altri santi non canonici come il guaritore Niño Fidencio, Pancho Villa o Juan Soldado. Sono esoteriche le formule che uno stregone o un brujo mexicano usa per legare eternamente a noi la persona amata o i rituali d’iniziazione di una setta, per esempio. 

Storicamente la politica, nella sua accezione di esercizio del potere, ha mostrato una certa attrazione per l’esoterismo e ciò che è segreto e occulto. La vicinanza della medium personale della moglie di Abraham Lincoln e dell’astrologa di Nancy Reagan, Joan Quigley, con i loro rispettivi mariti presidenti fu emblematica, così come l’ascesa della Skull and Bones, la società segreta più influente d’America, grazie all’adesione di Bush padre e figlio. In Italia, Letizia Moratti, ex ministra dell’Istruzione e sindaco di Milano dal 2006 al 2011, altresì nota come “la Thatcher italiana”, si avvalse dei servizi di un celebre sensitivo che avrebbe addirittura influito sulla formazione del consiglio comunale. Silvio Berlusconi è senza dubbio conosciuto all’estero e in Italia per la sua vita eccentrica. La rivista L’Espresso ha mostrato che la sua villa in Sardegna s’ispira a una simbologia erotico-esoterica, forse perché l’imprenditore e politico appartenne alla loggia massonica Propaganda due o p2, poi dichiarata illegale e sovversiva dal Parlamento nel 1982. Il Venerabile Maestro e fondatore della loggia, Licio Gelli, strinse vincoli importanti col generale argentino Emilio Eduardo Massera, membro di spicco della giunta militare che instaurò un regime dittatoriale, responsabile di centinaia di morti e 30.000 desaparecidos tra il 1976 e il 1983, nel Paese sudamericano.

In Argentina, vi furono simbiosi interessanti e inquietanti tra culto e potere. Negli anni Settanta, José López Rega, stregone influente tra i collaboratori storici del presidente Juan Domingo Perón, era il contatto argentino della p2 e arrivò a ricoprire la carica di ministro del Benessere Sociale. Mabel Camera fu la pitonessa del “presidente della crisi finanziaria”, Fernando de la Rúa, mentre negli anni Novanta il capo di stato populista Carlos Menem aveva alla sua corte una chiaroveggente personale. Anche in Africa la stregoneria non è solo un’eredità ancestrale o di tipo tribale, quanto piuttosto un elemento integrante della vita politica e del sistema capitalista, esportato dagli europei all’epoca delle colonizzazioni e in seguito mantenuto senza troppi cambiamenti sostanziali: sono tanti i governanti che si servono della divinazione, della magia o della stregoneria per vincere elezioni e guadagnare potere, per indovinare le mosse giuste in campagna elettorale o durante una crisi interna.

Senza dubbio l’America deve molto al continente nero in termini religiosi, data la presenza molto forte di tradizioni africane come la santeria, il vudù, il candomblé e il palo mayombe, soprattutto nei Caraibi e in Brasile. Queste, così come il culto alla Santa Muerte e la stregoneria, non si relazionano necessariamente alla magia nera o a influssi spirituali negativi, anzi. Ma tutto dipende da chi e come le utilizzano e per quale scopo.

In Messico, all’epoca del presidente conservatore Vicente Fox (2000-2006), Genaro García Luna era a capo dell’oggi soppressa Agenzia Federal de Investigaciones (AFI) e aveva una statua della Flaquita nel suo ufficio. In seguito, il presidente Felipe Calderón (2006-2012) lo nominò ministro della Pubblica Sicurezza. A quanto pare, García Luna a un certo punto sostituì la tipica figura della Santa Muerte, la Parca scheletrica con la falce e il saio da francescano, con quella dell’Angelo della Morte, o Ángel de la Muerte, proprio secondo quanto andava raccomandando ai fedeli l’autonominato arcivescovo della Santa Muerte, padre David Romo. Si tratta di un personaggio controverso, oggi in carcere condannato a dodici anni per frode elettorale e a sessantasei per partecipazione a banda organizzata a scopo di rapimento, furto ed estorsione.

Per anni Romo tentò senza successo di trasformare il culto spontaneo e orizzontale alla Santa Muerte in una specie di religione, dotata di un’istituzione verticale, una dottrina ufficiale, dei sacerdoti, dei diaconi e cerimonie ben definite. Nel 2005 il ministero degli Interni messicani tolse il riconoscimento legale alla sua Chiesa Santa Cattolica Apostolica Tradizionale Messico-Stati Uniti o, più brevemente, Iscat Mex-Usa, ma l’attività del padre continuò fino al suo arresto nel 2011. La modella e attrice messicana Carmen Campuzano è anch’essa devota della Santa Muerte, che l’avrebbe aiutata, temporaneamente, a uscire dai suoi gravi problemi di dipendenza dalle droghe. Il giornalista José Gil Olmos racconta che anche la mitica attrice dell’era dorata del cinema messicano, María Félix, la venerava. E così pure la cantante e attrice cubano-messicana Niurka Marcos e il suo ex compagno, l’attore di telenovele Boby Larios, i quali nel 2004 si sposarono giurando fedeltà proprio di fronte alla Chiesa di padre Romo.

Comunque sia, la Santa Muerte raccoglie consensi e devoti in paesi lontani dal Messico e“insospettabili”: dalla Germania alla Spagna, dall’Italia alla Danimarca, dal Giappone agli angoli più impensabili dell’America centrale, meridionale e settentrionale, la migrazione, il turismo e internet hanno contribuito alla sua rapida diffusione e massificazione. Le gerarchie ecclesiastiche combattono l’espansione di questa devozione che, malgrado tutto, pare inarrestabile e autonoma rispetto a istituzioni e sacerdoti. Nel mercato di Sonora a Città del Messico, noto per l’immensa varietà dei prodotti esotici, esoterici e curiosi che vi si vendono, il merchandising legato alla Niña Bonita è superato solo da quello della Madonna di Guadalupe, la santa patrona nazionale. Non hanno funzionato in passato i tentativi del Vaticano di “liberare dal diavolo” i devoti della Flaca, né altre strategie contro la Santa Muerte come le minacce di scomunica, la “semina” di altari del santo cattolico rivale, san Giuda Taddeo, o l’assoldamento di esorcisti specializzati nella capitale. Il fatto è che non c’è nessun Satana da estirpare dall’anima dei cosiddettisantamuertistas. Quello che c’è è la crisi della Chiesa in America, endemica come l’emorragia di fedeli di fronte all’avanzata dei pentecostali e dei protestanti o delle multinazionali della fede come l’americana Scientology e la brasiliana Pare de Sufrir (“Smetti di soffrire” o Chiesa universale del Regno di Dio). Ciononostante, il Vaticano resta comunque al vertice di un potere religioso e temporale, globale e millenario.

Tra i potenti, includendo narcos e boss mafiosi, la religiosità è un elemento identitario e fondamentale. La connessione mediatica delinquenza-Santa Muerte è nata in seguito alla cattura nel 1998 del famigerato rapitore seriale Daniel Arizmendi López, El Mochaorejas (“Il Mozzaorecchie”), che nel suo appartamento nascondeva un altare alla Niña Blanca che poi, con il consenso delle autorità carcerarie, poté portare nella sua cella del penitenziario La Palma. Pochi media hanno parlato, però, dell’immagine della santa nazionale messicana, la Madonna di Guadalupe, che, subito dietro all’effigie della morte, occupava un posto d’onore nel suo altare casereccio. Era giocoforza creare il mito della Madonna dei delinquenti.

Nell’aprile 2001 venne arrestato Gilberto García Mena, alias “El June”, luogotenente del boss Osiel Cárdenas, l’allora capo del cartello del Golfo. Nel giardino della sua villa l’esercito trovò un bel santuario della Bambina Bianca, per cui la Santa Muerte cominciò a essere associata anche alla narco-cultura e ai signori della droga. Le operazioni militari della narcoguerra si preoccupano sempre più di distruggere gli “spazi sacri” dedicati alla Santa Muerte, soprattutto nel Nord del Paese, dove la violenza raggiunge picchi intollerabili e si punta sul colpo mediatico pur mostrare risultati.

Nel dicembre 2010, a Nuevo Laredo, in pieno territorio dei narcos Zetas, il sindaco Ramón Garza Barrios proibì ufficialmente la vendita di immagini della Santa Muerte per le strade e richiese al ministero delle Comunicazioni e i Trasporti l’eliminazione da strade e androni dei suoi altari. Nonostante le persecuzioni e le sparate mediatiche, i santi preferiti dai narcos, in realtà, sono molti più di quanto non si creda: la Madonna di Guadalupe e san Giuda sono importantissimi, così come il Robin Hood del Sinaloa Jesús Malverde, oltre alla Santissima. Secondo alcune voci, diffuse dalla stampa messicana, nel 1996 perfino il potentissimo “Señor de los Cielos”, Amado Carrillo Fuentes, capo dell’allora egemonico cartello di Juárez, avrebbe ordinato la costruzione di un piccolo santuario in suo onore, ma è indubbio che i fenomeni dei narcoaltari e delle narcoelemosine, ossia le prebende elargite dai narcos alla Chiesa o a culti “alternativi”, abbiano coinvolto negli anni diversi tipi di istituzioni religiose, di santi e devozioni. La Muerte non è l’unica a ricevere doni e attenzioni.

La studiosa argentina Lía Dansker ha lavorato presso vari istituti correzionali per minorenni di Città del Messico e ha riscontrato come san Giuda sia il più amato tra i giovani reclusi, provenienti in gran parte dai quartieri marginali della capitale, mentre la Santa Muerte, anche se in crescita, resta al secondo posto in classifica. Entrambi i culti si inseriscono comunque su un fondo cattolico comune. Lía s’è guadagnata la fiducia dei giovani reclusi coi suoi aneddoti sul “cugino argentino” della Santa Muerte, il popolare San La Muerte, e su un’altra icona proibita ma celeberrima: il Gauchito Gil. In Argentina, come espressione di devozione e lealtà nei loro confronti, non si fanno solo tatuaggi o promesse, ma si arrivano a impiantare le figurine di plastica o di resina dei santi sottopelle con un’operazione chirurgica improvvisata. Se le ferite si infettano o il corpo del fedele rigetta la statuina, il miracolo non sarà concesso; se invece l’operazione funziona, il santo accompagnerà per sempre il suo accolito nelle sue avventure.

Il misticismo e il potere si accoppiarono nella Germania nazista: una corte di maghi, astrologi e occultisti circondava Adolf Hitler. Il Führer li incluse tra le file delle SS. Il capo di quest’organizzazione militare, Heinrich Himmler, soleva ritirarsi nel suo castello di Wewelsburg per effettuare rituali iniziatici ed esoterici, mentre Hitler consultava il suo astrologo personale prima di prendere decisioni importanti. Anche il suo alleato italiano, Benito Mussolini, pare avesse trovato in Giuseppe Cambareri un consigliere esoterico di fiducia. Il misticismo nazi si basava su miti, leggende e visioni politico-religiose che giustificavano la superiorità della razza ariana e i deliri di onnipotenza dei suoi ideatori. Oggi il nazismo esoterico caratterizza, per esempio, un partito politico come Alba Dorata in Grecia e parte del neofascismo italiano. Un nazista esoterico noto in America Latina fu Miguel Serrano, diplomatico e intellettuale cileno, amico del poeta filofascista Ezra Pound e autore di Hitlerismo esotericoAdolf Hitlerl’ultimo Avatara. L’organizzazione Nuova Acropoli, fondata in Argentina dal poeta Jorge Ángel Livraga Rizzi nel 1957 e presente in Messico, Italia e una quarantina di altri paesi, è stata descritta dal Parlamento europeo nel 1984 come «gruppo fascista e paramilitare». Il giornalista argentino Alfredo Villetta ha definito la sua ideologia come un mix di elementi «esoterici, di teosofia, di orientalismo, di alchimia, astrologia e un po’ di filosofia greca». I neonazi sono usi a mischiare e ricreare tradizioni e simboli, siano essi musicali, religiosi o letterari, appropriandosi dei più adeguati alla diffusione della loro ideologia e all’avvicinamento di seguaci verso cause politiche trasformate in culti e dogmi.

Nel barrio di Tepito dicono che la Santa Muerte non «nasconde la gente cogliona, né innalza gli stronzi». È un ragionamento che non fa una piega, soprattutto quando si tratta di culto, potere, ideologia e religiosità, dato che esistono limiti all’ambizione materiale e spirituale che non andrebbero superati. Tepito è un quartiere enclave di artigiani, commercianti e sopravviventi del caos metropolitano in cui la Santissima è la patrona, «più tosta della Madonna», e «fa sgami, paros, non solo miracoli», secondo i suoi seguaci. In fin dei conti, i devoti chiedono una vita e una morte buone. Dal barrio bravo non si scappa, ma ci si resta per imparare, perché la saggezza di quartiere può essere diretta e tagliente come una lama o star nascosta tra i vicoli e i doppi sensi sottili della parlata locale.

In Messico la Santa Muerte sta avendo un discreto successo anche tra le classi alte, ma molto più radicata è la sua venerazione tra quelle popolari, sempre più escluse dalle attenzioni di Chiesa, stato e istituzioni. Quando la morte si fa presente nella società, il suo culto si fortifica. E quando i diritti umani sfumano, la Santa Muerte prende il posto di chi dovrebbe garantirli. La Flaca è un sostegno spirituale che dà protezione, lavoro, salute, denaro e sicurezza. Nel Messico della narcoguerra sono beni scarsi, soprattutto per quei devoti silenziosi che dal potere fuggono più che cercarlo.


La precursora Doña Sebastiana @JornadaSemanal

dona-sebastiana

De Fabrizio Lorusso – Jornada Semanal – (foto: Original link) Doña Sebastiana da miedo y fascina. Es la muerte santificada, una figura de adoración poco conocida en la historia de México. Tiene analogías con la Santa Muerte, la santa popular que más ha crecido en cuanto a feligresía y presencia mediática en las Américas.

De la Doña sólo quedan el recuerdo, unos cuentos y su nombre. En efecto, su culto se desvaneció y, quizás, revive a su manera en esta época postmoderna con la devoción a la Flaquita.

Sebastiana está en la historia de las regiones abandonadas por Dios y el Estado que, hace más de 150 años, eran parte del norte de México y que le fueron arrebatadas por Estados Unidos.

La devoción hacia esta dama descarnada y huesuda tuvo auge en la era del “salvaje oeste”, especialmente en Arizona y Nuevo México según relata el antropólogo Carlo Severi en un artículo sobre Doña Sebastiana, el Cristo Flechado y sus rituales. La vida de Doña Muerte comienza en la colonia.

Desde el siglo XVI, la corona española en el norte de América trata de controlar muchos territorios despoblados y lejanos del centro del poder ubicado en la gran Ciudad de México, capital de la Nueva España. Sin embargo, los esfuerzos de dominación de los colonizadores, amos de un imperio decadente pero ávido de tierras, no son suficientes. La espada necesita de la cruz.

Las misiones religiosas españolas van conquistando pueblos y almas hacia el norte, abriéndose paso a lo largo del Río Bravo, hasta El Paso y Santa Fe, o bien, siguiendo el Río Colorado rumbo a Arizona.

A finales del siglo XVIII, en San Diego, San Francisco y alrededores, ya hay fortalezas además de las misiones: la espada vuelve a juntarse con la cruz para defender a los pequeños grupos de moradores de los ataques de los pueblos originarios, dueños legítimos de esos territorios.

La zona es descuidada también bajo el punto de vista religioso, tras la progresiva retirada del clero franciscano y por la falta de personal eclesiástico estable. Por tanto, es imposible celebrar los sacramentos y los rituales en las comunidades católicas. Las iglesias están en ruinas y son santuarios de macabros presagios.Tras la Guerra de Independencia, el Estado mexicano nace débil y con escaso control de su periferia. El aislamiento y la pobreza de los colonos en las zonas lejanas y los conflictos con la población indígena de los apaches y los comanches engendran una situación explosiva.

Entre 1846 y 1848, México pierde más de la mitad de su territorio y firma el Tratado de Guadalupe Hidalgo, un acontecimiento traumático para el orgullo nacional.

Estados Unidos es una potencia naciente que, movida por las doctrinas de la frontera y del destino manifiesto, agrega los estados de California, Nevada, Utah y partes de los actuales Texas, Colorado, Oklahoma, Kansas, Wyoming, Nuevo México y Arizona. Uno tras otro caen y son gotas de sangre.

Ya desde los años de la lucha independentista mexicana, en aquellos territorios las comunidades reaccionan al desamparo espiritual y al aislamiento material creando la Cofradía de los Hermanos de la Santa Sangre o de los Penitentes que, aún sin volverse una Iglesia autónoma, aporta cambios inquietantes y radicales al culto tradicional.

El verbo y las prácticas de la Cofradía se expanden, siguen la antigua ruta de los misiones, por el Río Bravo y la frontera norte. Proliferan las moradas, iglesias no consagradas que pronto cobijan en su interior un acervo de nuevas imágenes y rituales. Los miembros de la Hermandad se dividen entre Hermanos de la Sangre, “los verdaderos penitentes”, y Hermanos de la Luz, con tareas organizativas y de guías espirituales.

Durante décadas, El Vaticano trata de acercarse a estos pobladores para reconducirlos a los preceptos del catolicismo romano. Fueron esfuerzos vanos. Las comunidades, sobre todo en Nuevo México, se tornan cada vez más fanáticas, aspiran a imitar la vida y la pasión de Cristo y practican la autoflagelación en las procesiones de Semana Santa. Reproducen todas las fases del martirio de Jesús en la Pasión y las ceremonias culminan con la crucifixión simulada de uno de los penitentes.

Pero clavos, azotes, chorros de sangre, gritos y dolores son reales. Lo que preocupa a la Iglesia no es la violencia, ni la creencia en el sacrificio físico como medio de purificación. El problema es otro, se llama Sebastiana. El miedo pasa de boca en boca, llega hasta las sedes del poder eclesiástico.

La gente presencia la aparición, dentro de las moradas y en las capillas, de un bizarro retrato de la muerte. Es una imagen femenina, esquelética, muy común en Europa, en los osarios y criptas de las Cofradías de la Buena Muerte, así como en las iglesias dedicadas a la Parca, en las pinturas de las danzas macabras y lasvanitas.

Sin embargo, está prohibida en las Américas, donde le dicen “Doña Sebastiana”, aunque sigue siendo la Gran Segadora, icono de un culto blasfemo, según la Iglesia.

En la Colonia, los inquisidores de la Nueva España trataron, sin éxito, de destruir todas las representaciones de la muerte que la misma Iglesia había traído del Viejo Continente, para extirpar la “idolatría pagana” hacia estas figuras.

Normalmente, sus devotos eran indios y campesinos, habitantes de los barrios marginales de las ciudades o de algún pueblito provinciano quienes ya usaban el nombre de Santa Muerte al rezar, pedir e, inclusive, al castigar a la imagen de la Gran Segadora en todo México.

La Inquisición fue abolida en España por el Real Decreto del 15 de julio de 1834, sin embargo, la actitud represiva de esa etapa siguió vigente. Doña Sebastiana escandaliza al clero católico que habla de una “herejía”, y espanta también a los campesinos de la región. “Adoran a la muerte como los indios de norteamérica”, “torturan a sus Hermanos con verdaderas crucifixiones”, “excesos en las penitencias, rituales secretos, oraciones no aprobadas por las jerarquías”, denuncian los obispos.

A las alarmas de la Iglesia dan seguimiento los medios estadunidenses que, en las primeras décadas del novecientos, indagan sobre los aspectos más morbosos y sanguinarios de esos rituales y sobre la posibilidad de que exista una devoción autónoma hacia la muerte que ellos denominan Comadre Muerte o “muerte amiga”.

No se realiza ningún estudio serio, sino que, más bien, se multiplica el efecto amarillista de los artículos: algo parecido a lo que vimos, en años recientes, respecto de la Santísima Muerte en la prensa.

Junto a la muerte, también la imagen cruenta de Jesús horadado por los dardos, el Cristo Flechado, está presente en las moradas para avisar del peligro que constituyen las poblaciones “salvajes” de los nativos, los “enemigos” que amenazan la existencia de los Hermanos y sus comunidades.

En la Semana Santa, los penitentes organizan crueles simulacros de la Pasión de Cristo, parecidos a los del barrio de Iztapalapa en Ciudad de México, aunque más sanguinolentos e inhumanos.

El Salvador, seleccionado dentro de la Cofradía, recibe el suplicio de la flagelación y es sujetado a la cruz con clavos y cuerdas mientras los demás se amarran a cactus y plantas espinosas o cargan carretas llenas de piedras con la figura descarnada de Doña Sebastiana.

En la tradición religiosa de estas cofradías, se identifica progresivamente al joven penitente, próximo a la crucifixión, con el Cristo, pero también con la muerte, la Comadre. Se cuenta que, en tiempos de crisis, cuando es fácil fallecer por penurias y frío, los muertos regresan para festejar la Pascua con los vivos en lasmoradas. A estos templos improvisados, llamados asimismo “casas de los muertos”, llegaban los Hermanos del Otro Mundo para ayudar a los habitantes de éste.

Entre la Virgen María y Jesús nunca faltaba la imagen de Doña Sebastiana, la dama esquelética de ojos vítreos o metálicos, armada de arco y flechas, la cual era cargada triunfalmente sobre las carretas de la muerte durante las procesiones.

En el Museo de Nuevo México en Albuquerque, hay una escultura: Muerte sobre su carro, realizada en 1860 por el escultor Nazario López de Córdoba para lamorada de Las Trampas. Es una reelaboración del Triunfo de la muerte, un tema iconográfico medieval en que Doña Sebastiana declara su victoria sobre Jesús y arroja flechas al pecho del Salvador.

Arcos y dardos definen la iconografía tradicional del Cristo flechado en la versión adoptada por los franciscanos que evangelizaron el norte de la Nueva España. Por otro lado, en España, la muerte se retrataba con una guadaña en la mano, no con arco y flechas. Esto sugiere que, al norte del Río Bravo, podría haberse dado una superposición entre la figura del Cristo y la del mártir San Sebastián, representado típicamente con flechas en el costado. El nombre del santo posiblemente sufrió un cambio al femenino y su figura se asoció a la de la muerte con arcos y flechas, dando vida así a la hermosa Doña Sebastiana, precursora o “prima chicana” de la Santa Muerte.

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